Alejandro González
El sueño Interestelar
Para quienes me conocen de cerca, no debería ser extraño que escriba sobre este tema. Al final, este blog nunca fue un templo exclusivo de las ciencias de la computación; siempre tuvo una ventana abierta a otras cosas, especialmente al cosmos, porque la astrofísica y cosmología han sido —desde niño— mis pasiones más profundas, incluso más que los sistemas.
Pasaron los años y decidí dedicarme profesionalmente al software porque muy pronto entendí que ahí estaba el futuro, el trabajo y la posibilidad real de construir algo. La astrofísica, en cambio —como tantas ciencias en nuestro país— vive en la orilla, mal pagada y con pocas oportunidades para desarrollar una carrera. Así que terminé casándome con una mujer brillante y generosa (el software), mientras que el verdadero amor de mi vida (la astrofísica y cosmología) quedaron como ese amor platónico al que regreso de vez en cuando para sentirme completo.
En fin…
Dejando a un lado la poesía —porque este será un post más o menos técnico— empezaré por la idea que me despertó después de volver a ver Passengers. Ya la había visto cuando salió, pero un short de YouTube me la recordó y me dieron ganas de repetirla.
La película empieza así: una nave gigantesca cubre la pantalla. Se llama Avalon y fue construida por la compañía Homestead. Es un transporte interestelar y lleva a cinco mil pasajeros y más de doscientos miembros de la tripulación, aparentemente controlada por una IA durante el trayecto entre la Tierra y Homestead II (la nueva colonia humana en otro mundo), mientras todos los pasajeros se encuentran en una hibernación que estaba planeada para durar más de un siglo.

Ocurre un accidente y termina despertando antes nuestro protagonista. Con 90 años por delante del destino y sin poder volver a “dormir”, se desarrolla la trama de esta película que, para mi gusto, está subvalorada. Y aquí me detengo un poco: regresaré a este punto más adelante, porque ya hay muchas cosas que analizar primero.
La habitación enorme
Para entender mejor lo que quiero compartir, tengo que recalcar algo muy importante: el espacio es estúpidamente grande.
Las películas suelen hablar del cosmos y simplificar lo que, en realidad, es inmensamente complejo a todos los niveles: tecnológicos, sociales, económicos, logísticos y psicológicos. Todo eso es lo que tendríamos que enfrentar para siquiera considerar algo así.
Empecemos con algo “pequeño”: nuestro propio vecindario, el Sistema Solar.
Para darnos una idea, imaginemos que nuestro Sol tiene el tamaño de una pelota de fútbol, unos 22 cm aproximadamente, y está colocado sobre la línea de portería del Estadio Azteca. En esa misma escala, la Tierra estaría a unos 24 metros de distancia (casi un cuarto de cancha) y mediría apenas lo que la cabeza de un alfiler: unos 2 milímetros.
Para tomarlo como referencia: ¿dónde estaría Plutón en esta escala, el “último planeta” del Sistema Solar?

Plutón, en esta escala, sería del tamaño de una partícula de polvo y estaría aproximadamente a 932 metros del balón-Sol; es decir, más de nueve canchas de fútbol de distancia.
Con esto, quizá entiendas por qué no existe un “Sistema Solar a escala” en ningún museo del mundo: simplemente no cabe en ningún lugar.
Ahora bien, si llevamos esta misma escala a la estrella más cercana al Sol: Próxima Centauri, surge la siguiente pregunta: ¿dónde estaría?
Y aquí es donde todo se vuelve verdaderamente ridículo:
Próxima Centauri, en esta misma escala, tendría el tamaño de un limón (unos 3.3cm) y estaría a unos 6,300 kilómetros del Estadio Azteca… aproximadamente la distancia entre Ciudad de México y Santiago de Chile…
Y lo más impresionante es que Próxima Centauri es la estrella más cercanaal Sol.
Ni siquiera estamos hablando del centro de la galaxia, ni de la galaxia de Andrómeda, ni de nada remotamente exótico. Esto es apenas nuestro vecindario inmediato.
Y, aun así, nuestro cerebro de mamífero evolucionado le cuesta comprender estas escalas.
No tenemos intuición para millones de kilómetros ni para miles de millones, ni para distancias tan enormes que, incluso reducidas en escala al tamaño de una cancha de fútbol, éstas terminan extendiéndose por continentes enteros.
Por eso mirar al cielo siempre es una mezcla rara de humildad y vértigo: somos diminutos, y aún así, capaces de imaginarlo.
Viajando a las estrellas
Entonces, ¿es posible que algún día alcancemos las estrellas y naveguemos entre ellas como en la película Passengers?
Porque, a día de hoy, eso es un rotundo no, sería imposible.
Vamos a analizar un escenario realista para una civilización dentro de unos 400 o 500 años en el futuro. Antes de eso no es serio plantearlo (y explicaré por qué).
Y lo haremos sin tecnologías exóticas: nada de motores warp, agujeros de gusano ni magia cuántica. Solo física conocida y ciencia real, llevadas al límite de lo que podría lograr una civilización humana muy avanzada dividida en 5 pilares:
Primer pilar: el tecnológico
Esto da para un post completo, son tantos temas que intentaré ser breve pero no prometo nada jeje.
Si algún día queremos enviar personas a otras estrellas, primero tendremos que enviar robots o sondas capaces de adaptar —o incluso crear desde cero— un entorno habitable para nuestra llegada. Pero antes de eso, necesitamos una nave capaz de llevar ese “algo” inicial, y esa nave necesita propulsión. No cualquier cosa: debemos dominar una tecnología que permita un impulso constante hasta acelerar a un porcentaje considerable de , es decir, de la velocidad de la luz.
Para quienes no estén tan familiarizados con , la velocidad de la luz es la velocidad máxima a la que se puede desplazar algo en nuestro universo. Su valor en el vacío es de aproximadamente que solemos redondear a para efectos prácticos.
Ahora bien, un ejemplo de qué tan “rápido” es eso:
La circunferencia de la Tierra es de unos . Si nos preguntamos cuántas vueltas podríamos darle al planeta en un solo segundo viajando a la velocidad de la luz, el cálculo es:
Es decir, en un segundo podríamos rodear la Tierra unas 7.48 veces (redondeando, unas 7.5 vueltas completas).
Suena rapidísimo, ¿no? Pues, lamentablemente, para las dimensiones del espacio no lo es. A esa velocidad, un rayo del Sol tarda un poco más de ocho minutos en llegar hasta nosotros, y alcanzar Próxima Centauri le toma a la luz más de cuatro años.
Disclaimer:No voy a entrar en el tema de la dilatación temporal. Para simplificar, voy a tomar como referencia los tiempos medidos por un observador en la Tierra. Dentro de una nave que viajara a velocidades cercanas a la luz, el tiempo transcurriría mucho más lento; sería significativamente menor comparado con el que veríamos desde otro marco de referencia. Magia de la relatividad…
Y tampoco entraré en otro detalle incómodo: a velocidades relativistas, el espacio deja de ser vacío inocente. Una colisión con una “piedrita” de unos pocos gramos puede liberar energía comparable a un arma nuclear. Antes de hablar de llegar a las estrellas, tendríamos que aprender a sobrevivir al trayecto.
Continuemos con la película. En Passengers se menciona que la Avalon viaja al 50% de la velocidad de la luz (). ¿Qué tan difícil es acelerar algo así? Hagamos los cálculos con la información que tenemos de la nave.
Primero, para entender la magnitud real del problema, hagamos un ejercicio mental “rápido”. Supongamos que la Avalon —una nave colosal con miles de pasajeros, módulos habitacionales, sistemas de soporte vital y un casco reforzado— tuviera una masa del orden de , es (siendo optimistas) el peso de un rascacielos viajando por el vacío, pero probablemente sería más.
Ahora viene la parte incómoda: no basta con construirla. Hay que moverla. Acelerar semejante monstruo hasta el 50% de implica entregarle una energía que empieza a rozar lo absurdo.
Usando la fórmula relativista:
y considerando que a el (factor de Lorentz) es:
Obtenemos:
Ese numerito parece pequeño, el problema es que está multiplicando a y ahí es donde la intuición humana se rompe. Estamos hablando de liberar una fracción significativa de la energía equivalente a la masa de la nave.
Si metemos valores concretos, la cifra ronda los solo para acelerar.
Para quienes ya se perdieron con la notación científica, ese número escrito completo se vería así: 1,400,000,000,000,000,000,000,000 Joules (Te apuesto a que ni siquiera sabes leerlo).
¿Qué tan grande es realmente?
Según el Statistical Review of World Energy y la Agencia Internacional de Energía (IEA), el consumo total de energía de la humanidad en 2024 fue de aproximadamente .
Nuestro cálculo para acelerar la nave es de .
Si dividimos ambas cantidades:
Es decir: necesitamos aproximadamente 2,365 veces toda la energía que consume la humanidad en un año.
Si pudiéramos recolectar absolutamente toda la energía que produce nuestra civilización —petróleo, gas, nuclear, solar, viento, todo— y la guardáramos sin pérdidas, tardaríamos más de dos mil años en reunir lo necesario para empujar esa nave al 50% de .
Traducido a algo más tangible, la cantidad de combustible necesaria empieza a adquirir proporciones difíciles de imaginar.
En peso: estaríamos hablando del equivalente a unas nueve mil naves cargueras de las más grandes del mundo, llenas exclusivamente para un único objetivo: acelerar.
En volumen: si fuera hidrógeno en estado líquido, necesitaríamos un tanque del orden de , es decir, varios estadios de fútbol convertidos en un depósito criogénico.
Y aquí aparece la trampa que la física siempre guarda bajo la manga: la ecuación del cohete de Tsiolkovsky. En términos simples, es cruel. Para mover esos millones de toneladas al inicio del viaje, necesitas todavía más combustible para empujar el combustible. Cada kilo extra que agregas hace que el problema crezca. Es una deuda que se capitaliza a sí misma.
Ahora viene el golpe matemático.
Nuestro cálculo energético pedía aproximadamente , pero la fusión nuclear solo puede convertir en energía alrededor de de la masa del combustible.
Incluso en condiciones ideales, la eficiencia está muy por debajo de lo necesario. La matemática es cruel pero honesta.
En otras palabras: la fusión nuclear no alcanza para llevar una nave masiva al 50% de . Para entrar en ese territorio necesitaríamos algo mucho más extremo, como la aniquilación materia-antimateria, donde en teoría la conversión puede acercarse al 100%.
Y aquí viene una aclaración incómoda.
Todos los cálculos anteriores son únicamente para acelerar.
En el vacío del espacio, por la primera ley de Newton, un objeto que alcanza una velocidad seguirá moviéndose indefinidamente a esa velocidad si no actúa una fuerza externa. Eso significa que, si lográramos empujar una nave como la Avalon al , todavía tendríamos que gastar prácticamente la misma cantidad de energía otra vez… para frenar.
Y lo más interesante —o más preocupante— es que estamos haciendo estos números asumiendo que dominamos la fusión nuclear.
La realidad es que no la dominamos. Existen reactores experimentales como el EAST (Experimental Advanced Superconducting Tokamak) de China; existe el proyecto ITER (International Thermonuclear Experimental Reactor) en Europa. Llevamos décadas intentando lograr una fusión sostenida que produzca más energía de la que consume. Y aun si mañana lo consiguiéramos, estaríamos apenas en pañales.
Y de antimateria, ahora es ficción. Apenas hemos producido nanogramos —no kilos, no gramos— nanogramos. Estamos calculando viajes interestelares con tecnologías que hoy siguen en fase experimental; no estamos al borde del salto, estamos apenas en el prólogo. Por eso el desafío tecnológico no es simplemente construir motores más potentes, sino acumular durante siglos la madurez técnica necesaria para que la física deje de ser promesa y se convierta en herramienta. Y si resolver las ecuaciones ya parece difícil, lo que viene después es todavía más delicado: sostener, durante generaciones, la decisión colectiva de intentarlo.
En ese punto la conversación deja de ser sobre energía y empieza a ser sobre poder. No sobre propulsión, sino sobre organización. Un viaje al 50 % de la velocidad de la luz hoy es impracticable; quizá en quinientos años sea distinto. Pero incluso si aceptamos una meta más sobria —un — las reglas cambian. La tecnología ya no es el único obstáculo. Ahora el desafío es coordinar millones de voluntades, sostener presupuestos durante décadas, atravesar crisis, cambios de gobierno, conflictos y tentaciones internas sin abandonar el proyecto.
Segundo pilar: El político
Cuando me puse a pensar sobre este tema y a concluir cuáles son los cinco pilares que necesitamos dominar como especie para alcanzar el sueño interestelar, al tocar el aspecto político no pude dejar de pensar en los grandes imperios que han existido en nuestro mundo. Pareciera contraintuitivo, pero para estudiar el futuro es imperativo traer al presente el pasado.
El campeón indiscutible de longevidad como estructura política fue el sistema imperial chino. Desde la dinastía Qin en 221 a.C. hasta la caída de la dinastía Qing en 1912, estamos hablando de aproximadamente 2,133 años de continuidad imperial. Sin embargo, el que más nos ha influido ha sido el Imperio romano por su legado jurídico. Si contamos desde Augusto (27 a.C.) hasta la caída de Constantinopla en 1453, el “Imperio romano”, en sentido amplio, duró casi 1,480 años.
¿Por qué es importante leer sobre esto?
Es importante leer sobre esto porque los imperios son el laboratorio más grande que tenemos sobre cómo se sostiene —o se pierde— el poder a lo largo del tiempo.
La historia no es nostalgia; es data.
Nos muestra patrones: corrupción acumulativa, ciclos de expansión y decadencia, centralización excesiva, crisis sucesorias, reformas tardías, resiliencia institucional.
Si un proyecto interestelar requiere 300, 500 o 800 años de continuidad estratégica, entonces no estamos hablando de “un gobierno eficiente”, sino de algo que supere los defectos estructurales que hicieron colapsar a Roma y fragmentarse repetidamente a China.
No pondré todos los cálculos, pero retomando el ejercicio con Avalon: una nave así no podemos moverla a la velocidad que sugiere la película. Seamos conservadores y realistas: un 2 % de c podría ser alcanzable con fusión nuclear en un escenario tecnológicamente maduro. En resumen, acelerar y frenar algo así hasta Alfa Centauri nos tomaría entre 220 y 240 años (dependiendo de cómo aceleremos y cómo desaceleremos). Entonces pensemos en un gobierno capaz de sostener un proyecto durante ese lapso de tiempo.
240 años no parece tanto si lo comparamos con el imperio Chino o el imperio Romano, sin embargo eso es mas o menos la historia completa de Estados Unidos, eso es más que la duración del Imperio español como potencia dominante.
¿Puede existir una estructura política que sobreviva crisis económicas, guerras, cambios culturales, revoluciones tecnológicas… y aun así mantenga intacto el objetivo original?
Si.
Pero no como imperio.
No como régimen.
No como líder carismático.
Solo como sistema, y yo como ingeniero en sistemas si puedo comentar algo.
Los imperios dependen de personas.
Las personas mueren, se corrompen, se cansan.
Los sistemas bien diseñados sobreviven a sus propios creadores.
Roma duró siglos, pero cada sucesión era una ruleta rusa. China imperial fue longeva, pero cada dinastía reiniciaba el contrato moral. La pregunta real no es si puede existir. Es bajo qué arquitectura.
Un viaje a Alfa Centauri al no se sostiene con patriotismo. Se sostiene con incentivos alineados, con gobernanza distribuida, con reglas que no dependan del humor del gobernante en turno.
Si algo me ha enseñado construir Ticketly, Popadvise y DinnerSpot es a orquestar servicios, aislar fallos y diseñar redundancias. Los sistemas que escalan no dependen de voluntad heroica ni del “superyó”; dependen de diseño resiliente. Una estructura política capaz de sostener un proyecto de siglos tendría que parecerse más a un protocolo que a un trono.
No necesariamente se requiere un “gobierno mundial”, pero sí una arquitectura general con validaciones cruzadas y capas de consenso, con mecanismos automáticos que impidan que una crisis imprevista lo descarrile; que sobreviva al cambio de prioridades y al “esto ya no es rentable este trimestre”.
En los sistemas distribuidos existen propiedades que no pueden violarse: consistencia, integridad, disponibilidad dentro de ciertos parámetros.
En una arquitectura política para un proyecto interestelar tendría que existir lo mismo: principios no negociables que no puedan ser alterados por ciclos electorales o crisis económicas.
Por ejemplo:
– Un presupuesto mínimo blindado por diseño constitucional.
– Un fondo soberano autónomo que no pueda ser desviado.
– Un organismo técnico independiente cuya continuidad no dependa del partido en turno.
– Métricas públicas auditables que obliguen a rendición de cuentas.
Tenemos que ser honestos: ningún proyecto político humano ha sido perfectamente estable durante siglos, y eso es precisamente lo que requeriría una misión interestelar.
El Imperio romano, especialmente en su versión oriental (Bizancio), logró casi 1,500 años de continuidad institucional. Cambiaron emperadores, idiomas administrativos, fronteras… pero el aparato estatal sobrevivió guerras, plagas e invasiones. No era perfecto; era resiliente.
La Iglesia Católica no es un Estado convencional, pero como institución político-religiosa ha mantenido estructura jerárquica, doctrina central y gobernanza durante casi 2,000 años. Ha sobrevivido guerras mundiales, revoluciones y reformas internas. Es un ejemplo de arquitectura institucional que trasciende generaciones.
El proyecto europeo (Unión Europea), aunque apenas tiene unas décadas comparado con Roma, es interesante porque representa un experimento de gobernanza supranacional voluntaria. Ha sobrevivido crisis financieras, Brexit y pandemias. Es un laboratorio moderno de cooperación estructurada entre soberanías.
Y ahí está lo fascinante: hemos demostrado que podemos construir instituciones longevas. La pregunta ahora es si podremos hacerlo con un objetivo científico en lugar de uno territorial, económico o religioso.
Pero incluso si lográramos diseñar una arquitectura política capaz de sobrevivir siglos, eso no resolvería el problema completo. Las instituciones pueden perdurar… siempre y cuando las personas que las habitan crean en ellas.
Roma no se sostuvo solo por legiones y leyes, sino por una identidad compartida.
La Iglesia no sobrevivió por su estructura jerárquica, sino por la fe de millones.
La Unión Europea no funciona por tratados fríos, sino porque sus ciudadanos aceptan, con tensiones incluidas, una narrativa común.
Las estructuras políticas resisten cuando la sociedad las legitima.
Y ahí aparece el siguiente pilar, quizá el más incómodo:
¿estamos listos como sociedad para vivir dentro de un proyecto que no veremos concluir?
Un viaje de 240 años no es solo un desafío institucional. Es un cambio cultural profundo. Exige generaciones dispuestas a invertir su vida en algo cuyo resultado final nunca presenciarán. Exige paciencia histórica en una era de gratificación inmediata. Exige cohesión social en un mundo fragmentado por identidades, algoritmos y ciclos de atención cada vez más cortos.
Antes de preguntarnos si podemos sostener un gobierno durante siglos, tal vez debamos preguntarnos algo más humano:
¿Puede nuestra cultura, hoy optimizada para el corto plazo, aprender a pensar en horizontes de doscientos años sin fracturarse?
Tercer pilar: el social
Tenía una amiga que hace años que no hablamos por “unos pedillos”, pero recuerdo un debate que tuvimos en nuestro grupo de amigos en ese momento y recuerdo una pregunta muy concreta sobre el tema:
¿Por qué gastar tanto en el espacio si en la Tierra hay niños muriéndose de hambre?
En su momento debo confesar que me molestó muchísimo esa pregunta cargada de moralidad superior. Pero si la analizamos objetivamente, es una pregunta válida. Si ella se lo pregunta, seguramente millones más también tienen esa duda.
La exploración espacial es, en esencia, una inversión en el futuro, como lo ha sido cualquier gran apuesta científica en la historia. No se trata de abandonar la Tierra, sino de ampliar nuestras capacidades como especie. Muchos desarrollos asociados a los programas espaciales han terminado teniendo aplicaciones cotidianas: mejoras en telecomunicaciones y navegación satelital que sostienen la logística global, avances en materiales y sistemas de aislamiento, tecnologías de purificación de agua, miniaturización electrónica, optimización agrícola mediante monitoreo satelital. No todo nació en el espacio, pero el impulso tecnológico aceleró innovaciones que hoy consideramos normales.
La hambruna no existe porque la ciencia “se robe” el presupuesto; el mundo produce suficientes alimentos. El problema es de distribución, gobernanza, conflicto y corrupción. Reducir la inversión en exploración espacial no resolvería esos fallos estructurales. La verdadera disyuntiva no es “espacio o niños hambrientos”, sino si somos capaces de construir una civilización que atienda lo urgente sin renunciar a lo trascendente. La madurez social no está en elegir entre ambos, sino en desarrollar la capacidad de sostener simultáneamente compasión inmediata y visión de largo plazo.
Lo que peguntaba mi amiga, se lo preguntan millones actualmente, hay muchas aristas, por ejemplo, si dos países siguen teniendo conflictos por territorio, si nuestras sociedades están fracturadas en rojo contra azul, ¿qué sentido tiene mirar tan lejos?
Si todavía discutimos fronteras dibujadas hace siglos y nos dividimos internamente por ideologías, religión o identidad, parecería absurdo hablar de colonias interestelares. ¿Cómo vamos a coordinar un proyecto de 240 años si no podemos aprobar un presupuesto anual sin polarización?
Pero aquí está el giro interesante: la exploración hacia afuera no es una evasión de nuestros conflictos; puede ser un mecanismo para trascenderlos. A lo largo de la historia, los grandes proyectos compartidos han reconfigurado identidades. Las catedrales medievales, los programas espaciales del siglo XX, incluso la cooperación científica internacional durante la Guerra Fría, crearon espacios donde rivales podían colaborar porque el objetivo superaba la disputa inmediata.
Mirar lejos no significa ignorar el presente. Significa recordar que nuestras divisiones son locales en escala cósmica. La Tierra es un punto azul pálido orbitando una estrella promedio. Las fronteras no son visibles desde órbita. Eso no resuelve disputas, pero sí cambia perspectiva.
Tal vez la pregunta no sea por qué mirar tan lejos cuando estamos divididos.
Tal vez sea si necesitamos mirar tan lejos precisamente porque estamos divididos.
Un ejemplo potente es el Apollo-Soyuz Test Project. En plena Guerra Fría, con Estados Unidos y la Unión Soviética compitiendo ideológicamente, armamentísticamente y propagandísticamente, decidieron acoplar una nave estadounidense y una soviética en órbita. No acabó la Guerra Fría. No eliminó la carrera nuclear. Pero creó un precedente simbólico y técnico: incluso enemigos sistémicos podían cooperar en el espacio. Ese gesto sembró algo que décadas después se consolidó en la Estación Espacial Internacional.
Unos años después, más de 100 países cooperaron para erradicar la viruela. El resultado fue histórico. En 1980 la viruela fue oficialmente erradicada. Fue la primera vez que la humanidad eliminó una enfermedad infecciosa a escala global.
No será fácil. Cualquiera de estos escenarios ha sido local y con retornos prácticamente inmediatos; pensar en lo interestelar es subir el nivel a un lugar donde nunca hemos estado. Por eso planteé un panorama futuro a no menos de 500 años.
Porque todo lo que hemos logrado como especie —erradicar enfermedades, firmar tratados ambientales, integrar economías enemigas— ha tenido un horizonte visible. Una generación podía ver resultados. Un presidente podía cortar el listón. Una sociedad podía medir el beneficio en décadas.
Lo interestelar rompe esa lógica.
Un proyecto de siglos no ofrece dividendos políticos inmediatos. No ofrece popularidad en el siguiente ciclo electoral. No ofrece retorno trimestral. Exige algo que históricamente hemos desarrollado muy poco: paciencia estratégica intergeneracional.
Por ejemplo, la colonización de Marte es una extensión natural de nuestras capacidades actuales, estoy seguro que si estás leyendo esto verás a una persona caminar en suelo marciano. Pero Alfa Centauri es una historia completamente diferente, es una prueba de madurez civilizatoria.
No porque la física sea más compleja —que lo es—, sino porque la dimensión temporal nos obliga a rediseñar cómo pensamos el poder, el propósito y la identidad colectiva.
Una misión interestelar no puede sostenerse sobre identidades fragmentadas que compiten entre sí por definición. Tampoco puede exigir uniformidad cultural, porque la diversidad no es un defecto; es una ventaja evolutiva. La clave no es que seamos iguales. Es que tengamos un marco común que nos contenga.
Nunca hemos hablado el mismo idioma. Nunca hemos adorado al mismo dios. Nunca hemos compartido exactamente los mismos valores. Y aun así, compartimos impulsos fundamentales: sobrevivir, proteger a nuestros hijos, comprender el mundo y dejar algo más grande que nosotros.
Como ya dije: cuando miramos el planeta desde órbita, las fronteras desaparecen. No porque no existan en términos políticos, sino porque no tienen significado físico. La Tierra es un sistema cerrado compartido. Una nave generacional sería exactamente eso, pero en versión radical: un ecosistema sellado donde todos dependen de todos.
De “mi país” a “mi planeta”.
De “mi generación” a “mi especie”.
Tal vez mi amiga tenía razón en algo: no tiene sentido mirar a las estrellas si no somos capaces de organizarnos aquí abajo. Pero también es cierto que cada vez que la humanidad ha ampliado su horizonte, ha ampliado sus capacidades. Pensar tan lejos no es despreciar lo inmediato; es preguntarnos si queremos seguir siendo una especie que solo administra el presente o una que invierte en su futuro. Y si aceptamos que aspirar a lo interestelar implica madurar como sociedad, entonces la siguiente pregunta ya no es moral, sino material: ¿tenemos —o podemos construir— los recursos para sostener algo así?
Cuarto pilar: el económico
El tamaño importa, y el tamaño tiene un costo.
El año pasado tuve la oportunidad de visitar Egipto y conocer sus estructuras más emblemáticas: las grandes pirámides de Giza. Es, sinceramente, un must en esta vida. Pero hubo algo que me llamó aún más la atención —independientemente de que todavía debatamos cómo fueron construidas—: las pirámides posteriores fueron más pequeñas y de menor calidad.
La razón fue mucho menos mística de lo que nos gustaría imaginar: Se les acabó el dinero…
Y esto nos hace recordar que los sueños monumentales no colapsan por falta de ambición. Colapsan cuando la estructura económica que los sostiene se agota.
Las pirámides eran apilar piedra durante décadas. Una nave interestelar como Avalon, en cambio, sería infraestructura sostenida durante siglos. Si hablamos de un viaje de 240 años no estamos financiando una construcción: estamos financiando un ecosistema autosuficiente que debe operar sin interrupciones durante generaciones.
Ya hablamos del costo energético de mover algo así, pero también falta: fabricar el vehículo, mantener soporte vital cerrado, reciclar aire y agua, producir alimentos, mantener sistemas de propulsión en estado operativo durante décadas. Eso implica una economía capaz de producir excedente energético masivo y constante.
Segundo, infraestructura industrial previa. No se construye una nave interestelar en la superficie de la Tierra como si fuera un edificio. Hablamos de minería espacial, procesamiento de materiales fuera del pozo gravitatorio terrestre, astilleros orbitales, cadenas de suministro extraterrestres. Eso requiere una economía espacial madura antes siquiera de hablar del lanzamiento.
Tercero, capital humano. Educación sostenida en ciencias, ingeniería, medicina, biología, gobernanza. Durante 240 años habrá que reemplazar generaciones completas de conocimiento sin perder continuidad técnica. Eso implica inversión constante en formación y transmisión cultural.
Cuarto, redundancia. En sistemas críticos no se construye una sola copia. Se construyen respaldos. Lo mismo aquí: múltiples fuentes energéticas, múltiples líneas de producción, reservas estratégicas. La resiliencia cuesta dinero.
Hoy, para poner algo en órbita baja con un Falcon 9, el costo ronda los por lanzamiento. Si tomamos una capacidad optimista de a LEO, eso implica un costo por kilogramo cercano a . Solo el “flete” de Avalon a órbita sería entonces del orden de , es decir, casi 300 mil millones de dólares… sin contar fabricar la nave, ensamblarla, probarla ni operarla durante siglos (el costo total de eso es inimaginable). Y eso suponiendo miles de lanzamientos perfectamente coordinados. Esto sería un equivalente logístico a construir un rascacielos cargando cada ladrillo por las escaleras en lugar de usar una grúa.
Y ahí es donde mi ejemplo de las pirámides vuelve a cobrar sentido. No es que no podamos construir un Avalon eventualmente; es que, con la economía actual, intentar algo así sería un pico de gasto brutal. A día de hoy sería completamente inviable, inverosímil, estaríamos drenando recursos como un faraón obsesionado con su tumba.
Pero quinientos años a futuro cambian el tablero. Tal vez entonces no estemos lanzando toneladas desde Florida, sino construyendo en astilleros orbitales alimentados por minería en el cinturón de asteroides o cerca de Marte. Tal vez exista un elevador espacial que reduzca el costo de subir masa a órbita en órdenes de magnitud. En ese escenario, Avalon no sería un capricho presupuestal, sino la consecuencia natural de una economía expandida más allá del pozo gravitatorio terrestre. El viaje interestelar no empezaría con un cheque gigantesco; empezaría cuando la infraestructura solar hiciera que cien mil toneladas ya no fueran una locura, sino simplemente el siguiente paso lógico.
El viaje interestelar será costoso. No hay forma honesta de decir lo contrario. Requerirá energía descomunal, infraestructura fuera de la Tierra, décadas —o siglos— de inversión sostenida. Va a doler. Pero no debería doler como duele hoy imaginarlo. Cuando llegue el momento de intentarlo, no tendría que ser el capricho ruinoso de una nación, sino la consecuencia natural de una civilización lo suficientemente próspera como para permitírselo. No como quien hipoteca su futuro por un monumento, sino como quien invierte parte de su abundancia en expandirlo.
Si en ese punto somos una economía interplanetaria, si la minería espacial, la energía orbital y la manufactura fuera del pozo gravitatorio terrestre ya forman parte de nuestra normalidad, entonces financiar una nave de cien mil toneladas no será un acto de locura fiscal, sino una decisión estratégica entre muchas otras. No sería “espacio contra hambre”, ni “una bandera contra otra”, sino un proyecto compartido entre naciones —o una unión que haya aprendido a pensarse como especie— capaz de asumir el costo sin colapsar su propio sistema.
Y entonces, cuando la tecnología esté madura, la política sea estable, la sociedad tenga narrativa común y la economía produzca excedente suficiente, quedará la pregunta más difícil de todas. No si podemos pagarlo. No si podemos construirlo. Sino si nosotros, como seres humanos, estamos listos para vivirlo.
Quinto pilar: El ser humano
Podemos dominar la energía.
Podemos diseñar instituciones resilientes.
Podemos apalancarnos sobre una meta en común
Podemos construir una economía interplanetaria.
Pero todo eso sería irrelevante si olvidamos lo más esencial: Seguimos siendo primates evolucionados para sobrevivir en pequeñas tribus bajo un cielo azul.
¿Está nuestro cuerpo listo para vivir generaciones en un entorno cerrado?
¿Está nuestra mente lista para nacer sabiendo que el destino está a siglos de distancia?
¿Puede una tercera o cuarta generación mantener el propósito que no eligió?
La tecnología puede tolerar fallos. Las instituciones pueden blindarse. Las economías pueden escalar. Pero el ser humano no es un sistema determinista: es impredecible, ambiguo, sentimental. No responde siempre a incentivos racionales ni se comporta como una variable controlada en una ecuación. Se cansa, se frustra, se enamora, compite, se divide, se inspira. Un reactor puede diseñarse con redundancias; una constitución puede escribirse con contrapesos; una economía puede diversificarse para absorber choques. Pero una comunidad humana confinada durante generaciones, enfrentando aislamiento, conflicto y la presión de un propósito lejano, no puede programarse como software. El verdadero riesgo de un viaje interestelar no es únicamente técnico ni financiero; es antropológico. Es asumir que nuestra naturaleza —emocional, tribal, brillante y contradictoria— podrá sostener coherencia y sentido durante siglos sin romperse. Ahí, más que en la física o en el presupuesto, se juega la frontera real.
Uno de los investigadores más citados es Craig Haney, experto en los efectos psicológicos del aislamiento en prisiones de máxima seguridad. Él ha señalado:
“El aislamiento prolongado puede alterar profundamente la forma en que una persona piensa, siente y se relaciona con los demás.”
También está el famoso experimento de Philip Zimbardo, el Experimento de la Prisión de Stanford. Más allá de sus críticas metodológicas, dejó una conclusión inquietante: los entornos cerrados con jerarquías rígidas y aislamiento pueden transformar rápidamente el comportamiento humano.
“La línea entre el bien y el mal es permeable y casi cualquiera puede ser inducido a cruzarla.”
En naves generacionales, estaciones polares o misiones simuladas a Marte se han observado patrones similares, aunque a menor escala: fricciones amplificadas, cambios en el liderazgo informal, formación de subgrupos, conflictos de identidad. El aislamiento no crea tensiones nuevas; intensifica las que ya existen.
Existe evidencia de que esto ha ocurrido antes.
Más cercano a la dimensión psicológica pura están los diarios de James Cook, donde se menciona la tensión constante en viajes prolongados y el temor al motín bajo confinamiento marítimo. El aislamiento en alta mar generaba paranoia, conflictos internos y pérdida de disciplina. Las bitácoras navales británicas del siglo XVIII hablan repetidamente de la “melancholy of long voyages”, una melancolía profunda asociada a travesías interminables donde el horizonte parecía no avanzar nunca.
Si ampliamos el marco temporal, el caso más explícito es el de Ernest Shackleton en la Antártida. En los diarios de la expedición Endurance (1914–1917) se registran episodios de ansiedad, irritabilidad y desgaste emocional extremo. Shackleton entendió que mantener la moral era tan crucial como racionar la comida; hablaba del “optimismo deliberado” como herramienta de supervivencia. No era retórica inspiracional. Era gestión psicológica en un entorno cerrado y hostil.
El patrón es consistente: cuando el horizonte desaparece y el entorno se vuelve hermético, la mente humana empieza a resentirse. No hablamos solo de hambre o frío. Hablamos de aislamiento prolongado, tensión social y pérdida de control.
Incluso la ficción lo ha intuido. En Passengers, el protagonista despierta a su compañera porque no soporta la soledad absoluta. No es un fallo técnico; es un límite humano. Tal vez el camino futuro implique tecnologías como la criogenización para reducir la espera, pero hoy ni siquiera sabemos si algo así es viable a escala real. Y aunque lo fuera, la pregunta seguiría intacta: ¿qué pasa con la conciencia cuando el tiempo deja de ser experiencia y se convierte en pausa?
¿Por qué, como individuos, deberíamos intentar algo tan brutal y tan antinatural como embarcarnos en un viaje interestelar?
No fuimos diseñados para siglos de confinamiento. No evolucionamos para abandonar el planeta que nos dio origen. Nuestro cerebro busca estabilidad, cercanía, ciclos cortos de recompensa. Un viaje de 240 años rompe todo eso. Rompe la intuición biológica de hogar. Rompe la idea de destino inmediato.
¿Entonces por qué hacerlo?
¿Porque podemos?
¿Porque tememos desaparecer?
¿Porque la curiosidad es más fuerte que el miedo?
¿Porque hay algo en nosotros que no tolera los límites?
Tal vez la respuesta no esté en la supervivencia, sino en la identidad. Cada gran salto humano —cruzar océanos, escalar montañas, orbitar la Tierra— fue, en su momento, innecesario y antinatural. Y sin embargo, redefinió lo que entendíamos por posible.
La pregunta no es solo si la especie debería intentarlo.
Es si tú, como individuo, aceptarías formar parte de algo cuyo final no verás.
Porque al final, los pilares no los sostienen abstracciones.
Los sostienen personas.
Y el viaje interestelar no comienza con un motor.
Comienza con una decisión humana.
El instinto de llegar más lejos
Hubo un tiempo en que la humanidad vivía en cuevas y el mundo terminaba en la línea de los árboles.
Alguien salió de esa cueva por primera vez y no sabía si regresaría, pero seguramente tenía una pregunta: ¿qué hay más allá?
Alguien atravesó un bosque por primera vez. No sabía si del otro lado había comida o depredadores.
Después alguien decidió que no bastaba con cazar, que quizá era posible domesticar animales y sembrar semillas. sin saber si la tierra respondería.
Alguien subió una montaña sin saber si habría algo más que frío y silencio.
Alguien cruzó un río sin saber si existía un regreso.
Alguien se lanzó al mar sin saber si el mundo tenía final o si el agua lo devoraría.
Y un día, alguien miró al cielo y pensó que quizá las aves no tenían el monopolio del vuelo.
Y más tarde, alguien pensó que tal vez la Luna no estaba tan lejos.
Cada avance parecía innecesario… hasta que dejó de serlo.
Cada riesgo parecía una locura… hasta que se volvió rutina.
Nada de eso fue barato.
Nada de eso fue fácil.
Nada de eso fue rápido.
Cada vez que la humanidad avanzó, parecía imposible.
Cada vez que avanzó, necesitó tecnología, organización, recursos, estabilidad…
y la fuerza capaz de soportar lo desconocido.
El viaje a las estrellas no es distinto.
Es el mismo impulso, pero llevado al extremo.
Es la consecuencia lógica de nuestra historia.
Cambian las escalas, cambian los materiales, cambian los riesgos,
pero no cambia el impulso.
No porque sea fácil.
No porque sea rentable.
Sino porque somos una especie que no tolera los límites permanentes.
Seguimos siendo la misma especie que no acepta que el horizonte sea hasta donde podemos ver. La misma que convierte límites en problemas técnicos. La misma que transforma el miedo en mapas.
Seguramente no veremos naves interestelares en esta vida.
Seguramente no veremos colonias en Próxima Centauri.
Pero alguien, en algún punto del futuro, mirará atrás y dirá:
—Hubo una época en que la humanidad creía que las estrellas eran inalcanzables.
Y entonces se entenderá que no salimos al espacio por capricho,
sino porque la Tierra siempre fue demasiado pequeña para nuestros sueños.
No conquistaremos el cosmos.
Nos adaptaremos a él, como siempre hicimos con todo lo que parecía imposible.
Porque desde la primera fogata hasta el primer cohete, la historia humana ha sido una sola línea continua: alejarse un poco más de la orilla.
El viaje a las estrellas será la versión más extrema de ese impulso. No es solo un desafío tecnológico; es una prueba de madurez civilizatoria.
No basta con dominar la energía.
Habrá que dominar la cooperación.
La estabilidad.
La visión a largo plazo.
No será un proyecto de ingeniería, sino de siglos.
No lo construirá una startup, ni una nación, ni una generación.
Lo sostendrá una civilización entera, capaz de invertir recursos, talento y paciencia en un futuro que no verá terminado.
El verdadero motor interestelar no será un reactor de fusión ni uno de antimateria.
Será una sociedad lo suficientemente estable como para no destruirse mientras construye lo imposible.
Ojos humanos verán otros soles.
Nuestra piel sentirá otros vientos.
Beberemos otra agua.
Las parejas se besarán bajo dos amaneceres.
Se jurará amor bajo constelaciones que ningún ancestro conoció.
Se discutirán ideas en ciudades que hoy no tienen nombre.
Habrá risas dentro de cúpulas transparentes.
Habrá silencios bajo cielos que no serán azules.
Tendremos hijos no terrestres.
Escucharán música en atmósferas ajenas.
Aprenderán mapas donde la Tierra será apenas una referencia histórica.
Se contarán leyendas sobre “la Tierra”,
ese pequeño punto azul que fue nuestro nido.
Ese momento estará en nuestra historia.
Yo no tengo dudas.
Y finalmente el día que alcancemos las estrellas, será porque brillaremos tanto como ellas.